Un jubilado transformó su jardín en el santuario de 400 tortugas: “Las reconozco a todas”


Renato Gobbetto, un jubilado de 62 años, vive en su casa de Treviso, una ciudad del noreste de Italia. Allí, el ex banquero dedica sus 500 metros cuadrados de jardín para cultivar un pasatiempo único: cuidar a sus 400 tortugas.

Según relató al medio Corriere del Veneto, desde que se jubiló los reptiles son las mascotas “más felices” del mundo, ya que pasan más tiempo con él. Cada mañana, las mira a los ojos y revisa cómo están: “Cuatrocientas miradas no son pocas. Y entendés por qué espero la hibernación para tomar aire”, ironizó.

Todo comenzó en 2009, cuando él y su esposa compraron la casa con jardín. El lugar lo retrotrajo a un recuerdo de la infancia, cuando su padre lo llevaba a la casa de un amigo, el cual “tenía muchísimas tortugas”. “Era tan pequeño que solo recuerdo que me divertía muchísimo caminando sobre ellas”, recordó.

Dicho recuerdo lo llevó a adquirir las primeras dos tortugas, y “partir de ahí explotó todo”. “Viven 90 o 100 años, a veces incluso más. Por eso se heredan. Recibí las tortugas de un señor apasionadísimo que murió. A su esposa le molestaban y me las trajo”, contó.

En su jardín conviven ejemplares muy pequeños, del tamaño de una moneda, hasta otros con un plastrón -la estructura ósea plana inferior del caparazón- que alcanza los 35 centímetros.

“Las más grandes necesitan al menos veinte metros cuadrados cada una. Y de vez en cuando, sobre todo en verano, si dejo la puerta abierta, me las encuentro en casa, tranquilas como si fuera suya”, contó.

De octubre a marzo es el período de hibernación de las tortugas. “Se entierran unos diez centímetros y permanecen allí, inmóviles, a una temperatura interna de cinco grados, con dos latidos por minuto. Apenas pierden el 2 por ciento de su peso”, según detalló.

Durante ese tiempo, Renato puede relajarse, hasta que llega la primavera y las ve “salir de la tierra todas sucias”. “Al principio están lentas, casi dormidas, luego poco a poco reactivan el metabolismo y vuelven a comer”, comentó.

Aunque la alimetación de las tortugas es sencilla, Renato procura una dieta rigurosa. “El menú diario incluye hierba, diente de león y sobre todo radicchio -una hortaliza italiana-. Comen diez kilos al día. La parte blanca no la quieren. Son delicadísimas”, afirmó.

Luego, en mayo, llega la temporada de apareamiento. Por cada macho, Renato tiene “una decena de hembras”, ya que -según explicó- “macho es muy macho y hacen falta muchas hembras para calmarlo”.

Las hembras -en tanto- colocan sus huevos. Las tortugas excavan “durante dos horas” la tierra, y “cubren todo”. Para tener todo bajo control, Renato instaló un total de 30 cámaras en su jardín. “Si estoy en el mar y veo que una está poniendo, sé exactamente dónde ir a recoger los huevos. A mi regreso los pongo en incubadoras”, contó.

Además, cada tortuga tiene una marca de color en el caparazón que le permite identificarlas. “La preferida se llama Margherita, luego Carmen. Las reconozco a todas”, señaló, e inclusó contó que los vecinos suelen avisarle cuando una se escapa.

Por normativa, ya que son animales protegidos, cada tortuga debe tener un microchip y un certtificado de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), un acuerdo internacional vinculante, firmado en 1973 y en vigor desde 1975, diseñado para garantizar que el comercio internacional de especímenes de animales y plantas silvestres no amenace su supervivencia.

“Quien posea una sin documentos se arriesga a una denuncia penal y multas elevadas. Son muy solicitadas. A los niños les gustan muchísimo, pero también a los adultos. No son animales afectivos, pero reconocen su entorno”, sostuvo.

Fuente: www.clarin.com

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